8. Creatividad

Los últimos días los hemos dedicado a repasar diversos casos de creatividad en campos tan diversos como el editorial, la cocina, el teatro y la arquitectura. Los ejemplos van desde algo tan cercano en el tiempo y tan sorprendente en sus efectos como el lanzamiento de la Revista Orsai, hasta el cuidado proceso de continua creatividad de elBulli. Entre medias, los casos de Robert Lepage —que manifiesta una gran plasticidad para moverse entre géneros— y los de Digitalia, el proyecto de arquitectura digital de Marjan Colleti, que se mueve entre la exuberancia tecnológica de lo digital y la búsqueda de soluciones arquitectónicas para problemas locales.

Hay cuatro elementos que aparecen en todos estos casos de creatividad:

Investigación: quizás en menor medida en Orsai, aunque habría que discutir si la lectura constante es en sí mismo un proceso de investigación de nuevas formas literarias, pero en todos los otros casos, la creatividad entendida como proceso está ligada a la instalación de un fuerte y sostenido programa de investigación. Los casos más peculiares son los del Taller de elBulli, que ha llegado a la colaboración con científicos de Harvard, y el de Ex-Machina. Haz grandes preguntas acerca del núcleo de tu actividad e intenta responderlas mediante la investigación. Ah, y nunca pares de investigar: es el motor principal que alimenta todo lo demás.

Colaboración: muchos de los trabajos de Digitalia parten de una colaboración entre diferentes autores. La proyección de imágenes para contar la historia de Québec que hace el equipo de Lepage sería inconcevible sin el numeroso grupo de personas que aportan conocimientos y habilidades diversas. El trabajo de elBulli asumió hace tiempo la colaboración como un principio que recoge el talento de cocineros, meseros, diseñadores, investigadores, artistas,… y hasta del público que come en el restaurante. Orsai no sería posible sin un nutrido grupo de escritores, cronistas, impresores, distribuidores, diseñadores y expertos digitales que permiten no sólo la existencia de la revista, sino de una revista de preciosa manufactura que adopta múltiples formas: impresa, iPad, blog, … Una cosa fundamental de estas colaboraciones es que siempre cruzan las disciplinas.

Tecnología: y no sólo digital. Todos los creadores de estos grupos han aprendido a hacer de la tecnología un aliado para la expresividad. En todos ellos se adivina un proceso de cuidadoso acercamiento y progresivo apoderamiento de unos recursos en los que no eran nativos. Si se crea con las manos, con los sentidos, con la imaginación, parece que la tecnología ha aumentado la sensibilidad de los creadores.

Belleza: ¿es la belleza un añadido cuya futilidad se desvela en tiempos de crisis? Todo lo contrario. La búsqueda de una expresión hermosa sigue siendo el punto de partida de todos estos creadores para conseguir ingeniosas soluciones mediante un riguroso proceso de investigación, que depende de la colaboración multi-disciplinar y que se apodera de la tecnología para producir soluciones bellas. La belleza es el principio de todo proceso de creatividad.

Un par de cosas más para terminar este post: ¿estamos ante procesos de creatividad o de  innovación? Normalmente, la distinción tiene que ver con el carácter individual o social del proceso mismo. Si la creación implica novedad, pero además utilidad e impacto social —es decir, ha cambiado las cosas en su ámbito o, incluso, más allá de su ámbito—, entonces estamos ante lo que los expertos llaman innovación. Los cuatro casos estudiados, aunque especialmente Lepage y el Bulli puesto que han transformado radicalmente sus propios campos, combinan magistralmente creatividad e innovación. La razón del éxito reside en la combinación de los cuatro elementos de arriba. Y de una cosa más: la audiencia. Los cambios son cambios en la gente, de la gente. Aquí llegamos a la solución de una de las cuestiones que más hemos debatido hasta ahora, el asunto de las nuevas formas de público y audiencia. Pues bien, en los casos en los que creatividad e innovación se combinan exitosamente una gran parte de la audiencia se ha transformado en comunidad de manera que las ideas se han compartido y difundido de una manera mucho más rápida y permanente. Claro, que si las ideas se comparten, ¿de quién son?

Por último, ¿por qué estos casos no son humanísticos? O sí lo son y es que no sabemos verlo.

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7.1. El debate se enciende

Parece que la Ley Sinde y sus consecuencias —como el hecho de que Álex de la Iglesia cambiara de bando tras sus debates con los internautas— han reavivado el debate sobre la cultura digital.

En muchos casos lo que hay es un recopilatorio que parece servir para ayudar a aquellos que todavía la rechazan a entender sus múltiples manifestaciones y algunos de sus efectos en la creación y en el consumo y distribución de cultura. El artículo de José Antonio Millán Palabras sobre la red es un buen ejemplo de lo que se está escribiendo acerca de lo que se está haciendo digitalmente.

En otros, como en la reseña de Victoria Fernández titulada Nuevas formas de lectura lo que tenemos es una exposición de nuevas formas de escribir ficción haciendo uso de varias plataformas simultáneamente. Fernández se refiere a la última novela de Fernando Marías, El silencio se mueve, como una “novela trasmedia” y describe sus varios componentes de la siguiente forma:

“Un proyecto innovador, que ha sabido conjugar, con gran acierto, buena literatura y nuevos elementos narrativos -un cómic (magnífica la recreación del estilo años cuarenta), un breve guión de cine, recortes de periódico, una web (www.elsilenciosemueve.com) y un blog de Javier Olivares (http://elenigmapertierra.blogspot.com)- que permiten a los lectores descubrir pistas y nuevas perspectivas del relato, y que, en definitiva, lo enriquecen y amplían (a destacar el blog de Olivares, una auténtica “novela dentro de la novela”, que se lee con pasión).”

Muy interesante es la aportación de Juan Freire acerca de los “dos internets“, en donde distingue los dos usos que se hacen de la herramienta en función, diría yo, del grado de alfabetización y cultural digital de los usuarios. Los más “cultos” son los que eligen los contenidos que consumen, filtran la información según sus intereses y son capaces de equilibrar dos principios fundamentales de la galaxia internet: abundancia y calidad:

“La Internet de masas es más de lo mismo; un espacio interesante para el entretenimiento y la publicidad. La verdadera transformación social es más callada. La cultura digital se asienta sobre nuevos valores o sobre la revitalización de otros como lo abierto, la producción, la copia, la remezcla, la reputación o la meritocracia. Y aquí emerge la segunda paradoja de Internet, la que deriva de las dificultades para entender este nuevo escenario con los criterios convencionales. Surgen nuevos referentes, muchas veces fuera de la academia y de los medios. Las historias y los discursos son cada vez más transmediáticos y fragmentarios, y en ellos las obras derivadas juegan papeles tan importantes como los de lo que antes denominábamos originales. Y buena parte de esta producción exuberante es efímera, destinada a una vida corta.”

Se trata de uno de los análisis más finos y exactos que he leído acerca de todos los aspectos de la cultura digitl. Para mí, el resumen estaría precisamente en esto, en que es cultura y es digital.

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6. Redes para pensar la cultura

Una red es una estructura formada por nodos que se conectan entre sí por medio de aristas o vértices. De las uniones entre los nodos así como del número de éstos y su organización emergen diferentes tipos de redes que dicen cosas diferentes acerca de la información que circula por ellas. Es decir, no todas las redes son iguales. Además, las aristas que conectan a los nodos pueden tener contenido, es decir, pueden contener una semántica determinada que responda al tipo de información de cada red —no es igual una red social que una biológica o que una red cultural. Las aristas también pueden tener valor o medida, de manera que no todos los vértices de una misma red, ni siquiera de un mismo nodo, tienen que tener los mismos pesos: unas aristas son más influyentes que otras.

Hay quienes piensan que la realidad tiene estructura de red y que el descubrimiento fundamental de la nueva ciencia de las redes es precisamente ese, el haber llamado la atención sobre una realidad en forma de red. Sin duda, en el avance de esta idea ha jugado un papel clave la formación de redes sociales y el solapamiento que gracias a internet se ha producido entre las redes sociales y la red de redes. Pero ciencias como la biología y la genética también han abrazado el paradigma de la red para compremder mejor entidades tan importantes como el ecosistema y el genoma. En el ámbito de las ciencias sociales y las humanidades, la sociología de internet ha avanzado mucho en la aplicación del concepto de red social a varios ámbitos. También en historia se han hecho algunas incursiones, aunque éstas no son mayoritarias. Por ejemplo, Cook y Lawrence publicaron en 2005 un innovador estudio sobre las redes musulmanas, mientras que los McNeill han usado el concepto de redes humanas para ofrecer una explicación de la historia de la humanidad. Las redes, en este caso complejas, también han servido para estudiar el lenguaje con resultados muy positivos.

La vinculación entre redes y complejidad es una de las máximas que Barabási abraza en su popular libro Linked. Y tiene razón, aunque los estudios sobre complejidad tienen en las simulaciones multi-agente otro importante aliado. Lo que Barabási viene a decir es que las redes son el instrumento más adecuado para comprender y estudiar las relaciones entre lo que ocurre a nivel local, en el ámbito del nodo, y lo que pasa o es producto de las relaciones con otras regiones de la red o de las relaciones globales. Parece razonable, pues, pensar que las redes son un instrumento útil para entender la realidad humana, y hacerlo tanto en sus dimensiones locales como en las regionales y en las globales. ¿Se pueden servir las humanidades de las redes?

La respuesta es sí. En tres niveles. Como herramienta conceptual, como instrumento de análisis, aunque para ello hay que hacer acopio de datos y almacenarlos en forma digital, es decir, estaríamos ante un humanista digital, alguien que sabe tratar con datos y con objetos además de con discursos y textos, y por último, como forma de visualización de aquello que se esté estudiando.

Como concepto, la red nos sirve para pensar las relaciones humanas y hacerlo a diferentes distancias y escalas. Esto se entiende fácilmente si pensamos en los cambios que para la comunicación humana y la formación de comunidades tuvo la imprenta y su efecto inmediato, la multiplicación del efecto de la comunicación a distancia o en ausencia.

Como instrumento de análisis, la ciencia de las redes —que todavía está en su infancia— ha desarrollado una serie de conceptos utilísimos como el coeficiente de “clusterización”, la centralidad, los “hubs” o los mundos pequeños, que ayudan a entender el comportamiento de las redes y de sus componentes a partir de la disposición de nodos y aristas. Según las disposiciones y las correspondientes medidas podemos entender cómo se comporta la información que circula por la red. Y recordemos que la cultura es información. Por poner un ejemplo, si tenemos una obra de arte o una serie de obras de artes, con sus creadores, títulos, temas, fechas de creación, estilos y otros descriptores —cuantos más, mejor—, podemos analizar cuáles son las relaciones de estas obras con otras más o menos cercanas en el tiempo y en el espacio y crear una categorización de géneros y estilos y una historia de la pintura en la que las obras y los autores se agrupen por regiones de la red de pinturas más amplia a la que pertenecen. Lo más importante aquí es que, para enmarcar en esta historia en red los objetos particulares, los humanistas tenemos que aprender a pensar la cultura también, aunque no sólo, a través de los datos, los objetos y los sistemas complejos.

El tercer nivel en el que las redes ayudan a pensar y analizar la cultura es el de las visualizaciones. Una visualización no es más que una representación o simulación —según la postura filosófica que se adopte acerca del problema de la representación y virtualización (más sobre esto en otro post)— de una realidad. La visualización se ha convertido en una de las áreas más interesantes de investigación en computación —por el desafío al poder de computación de las máquinas— y en artes —por la posibilidad de crear formas bellas a partir de cantidades inmensas de datos. En el mundo de investigación sobre las redes hay un movimiento muy interesante para crear redes cada vez más informativas y bellas a la vez.

Un ejemplo de este triple uso de la red para la investigación sobre la cultura lo tenemos en el trabajo que hacemos en el CulturePlex Lab sobre las redes de pintura barroca hispana entre 1550 y 1850. Lo primero ha sido trabajar durante años en la recogida de datos, que están disponibles en BaroqueArt. En BaroqueArt hay información bastante completa acerca de unas de 12.000 obras y más de 1.000 autores y esa información tiene muchos campos y numerosas formas de ser visualizada, con “timelines”, “exhibit”,  o mapas. Pero además, existen más de 200 descriptores que aplicamos a la especificación de características que nos permiten comparar grupos de obras. Y una forma de hacer eso es extraer la información y mostrarla en forma de red gracias a la gestión de los datos con un paquete de software llamado Gephi. En el caso que se muestra arriba, y cuya imagen completa se puede ver y navegar aquí, se trata de un simple corte de 25 años sobre el total de las obras. Los nodos son obras y las aristas son descriptores comunes a las obras conectadas por medio de ellas.

Simplemente, las redes proporcionan otra forma de entender la cultura.

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Tercer inciso: ¡ojo a los viejos!

¿Cuál es la tarea de los humanistas digitales en relación a los ancianos y la alfabetización digital de toda la sociedad? Aquí, más que nunca, es preciso actuar, crear proyectos, intervenir.

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Segundo inciso

Educar la atención en un entorno multimedia es otra de las tareas del humanista del siglo XXI. Educar la atención se refiere aquí al ejercicio del gusto, a la formación de criterios y a la selección en la creación y el consumo de contenidos. La atención y la intencionalidad son dos de los elementos clave en la conformación de la dimensión social del ser humano y en la participación en comunidades de sentido compartido.

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7. La civilización del espectáculo, o la cultura con mayúsculas

La civilización del espectáculo” es el título de la contribución de Mario Vargas Llosa al número 1000 de Babelia y el prólogo de su siguiente libro. El texto entra de lleno en algunos de los debates que hemos tenido en clase sobre cultura y humanidades así como en la frontera, clara para el autor peruano, entre la civilización del espectáculo en que nos estamos adentrando y la civilización de la cultura que él cree que hay que recuperar y fomentar. Aparte de la valoración razonada de sus ideas, creo que el artículo suscita la pregunta acerca del “cómo”. ¿Cómo restaurar una civilización de la cultura?

El artículo se acerca al tema de internet y la cultura, cosa que también hacen Javier Marías y Umberto Eco en la conversación que tienen en el mismo número en el que se publica el texto de Vargas Llosa. Marías saca a colación un asunto comentado por Vargas Llosa la semana pasada en su columna de El País (“Lo privado y lo público“) acerca del asunto Wikileaks, el papel civilizatorio de la diplomacia frente a aquellos que celebran la publicación de las filtraciones de los papeles del Departamento de estado americano y  las nefastas consecuencias de la pérdida de los límites entre lo público y lo privado. ¿Hasta dónde —viene a decir Marías— están dispuestos a llegar respecto a sí mismos los acérrimos defensores de la transparencia total? ¿Y para qué?

Como él mismo dice de manera elogiosa, el origen del artículo de Vargas Llosa es un texto de Fernando Savater en la revista Tiempo. En él el filósofo español reduce la importancia de la información filtrada en Wikileaks y la sitúa en el marco de la “imbecilización social” que, entre muchas cosas positivas, nos trae la cultura de internet:

“Pues bien, las cosas claras. Hay dos tipos de transparencia, la de gestión y la de opinión o deliberación. La primera es imprescindible en democracia: queremos saber a qué destinan los gobernantes nuestros impuestos, cómo defienden nuestras garantías y derechos, cuál es la justificación de sus decisiones políticas, etc…; la segunda es una agresión totalitaria contra el buen funcionamiento de las instituciones y la privacidad de las personas, ocupen cargos públicos o sean simples particulares. Confundirlas es parte de la actual imbecilización social, a la que no es ajena la maquinaria espléndida pero a veces devastadora de Internet. Última observación: dejando aparte a Berlusconi, Putin, los hermanos Castro y alguno más, no hay político que me resulte tan sospechoso y tan poco fiable como el señor Julian Assange… y sus partidarios.”

Creo que estas opiniones merecen una detenida reflexión porque de una forma u otra iluminan y defienden una concepción del ser humano y de la cultura que ha guiado el humanismo del siglo XX. Asumen, en el caso de Savater, una reflexión ética en torno a la distinción de lo público y lo privado —uno de los pilares de la concepción del yo en la cultura occidental—. Por último, giran críticamente en torno a lo bueno y lo malo que culturalmente trae internet.

Mientras piensan en todo esto, me voy a leer “El sueño del celta”.

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5.2. Humanidades digitales 2.0: Los límites de un manifiesto

Para Todd Pressner (Digital Humanities 2.0: A Report on Knowledge), las humanidades digitales no sería más que “an umbrella term for a wide array of practices for creating, applying, interpreting, interrogating, and hacking both new and old information technologies. These practices—whether conservative, subversive, or somewhere in between—are not limited to conventional humanities departments and disciplines, but affect every humanistic field at the university and transform the ways in which humanistic knowledge reaches and engages with communities outside the university. Digital Humanities projects are, by definition, collaborative, engaging humanists, technologists, librarians, social scientists, artists, architects, information scientists, and computer scientists in conceptualizing and solving problems, which often tend to be high-impact, socially-engaged, and of broad scope and duration. At the same time, Digital Humanities is an outgrowth and expansion of the traditional scope of the humanities, not a replacement for or rejection of humanistic inquiry.”
Esta insistencia en el proceso por encima del producto final está presente tanto en las aproximaciones de Davidson como en la de los autores del Digital Humanities Manifesto 2.0, quienes afirman en su tesis 26 que “Process is the new god; not product. Anything that stands in the way of the perpetual mash-up and remix stands in the way of the digital revolution. Digital Humanities means iterative scholarship, mobilized collaborations, and networks of research. It honors the quality of results; but it also honors the steps by means of which results are obtained as a form of publication of comparable value. Untapped gold mines of knowledge are to be found in the realm of process.” Como se puede observar, las divergencias respecto a lo que se entiende por humanidades en el contexto en el que Fish habla de las crisis de las humanidades y el que proponen los defensores de las humanidades digitales son considerables. El carácter estático y cerrado del método humanístico basado en el estudio de la textualidad tiene poco que ver con la apertura radical y la adaptación metodológica constante que las humanidades digitales heredarían de las nuevas tecnologías y las nuevas relaciones sociales —open source, open access, authorship, collaboration, creativity, etc.— que aquellas provocan. ¿Dónde se puede encontrar un ámbito común?
El mismo manifiesto ofrece algunas soluciones basadas en el estudio de la complejidad y la adopción de la multidisciplinariedad como paradigmas de la investigación humanística en lo que describen como la segunda ola en la evolución de las humanidades digitales. Mientras que la primera fase habría sido fundamentalmente cuantitativa y basada en la creación y automatización de corpus lingüísticos y bases de datos y en la digitalización de colecciones de documentos , la segunda ola, en la que nos encontramos, sería “qualitative, interpretive, experiential, emotive, generative in character. It harnesses digital toolkits in the service of the Humanities’ core methodological strengths: attention to complexity, medium specificity, historical context, analytical depth, critique and interpretation. Such a crudely drawn dichotomy does not exclude the emotional, even sublime potentiality of the quantitative any more than it excludes embeddings of quantitative analysis within qualitative frameworks. Rather it imagines new couplings and scalings that are facilitated both by new models of research practice and by the availability of new tools and technologies.”

Mi visión de las humanidades digitales difiere de la propuesta en el artículo del NYT y se acerca a la propuesta en la versión 2.0 del Digital Humanities Manifesto. El problema de la propuesta de Cohen no se refiere a la dirección general y las virtudes del nuevo método, sino a la dependencia total respecto a la revolución de los datos y la pérdida de autonomía metodológica que esto supone. Si las humanidades se caracterizan por hacer preguntas que son relevantes acerca de la experiencia humana y asumir un modelo de investigación que es consciente de que todas las fases de la investigación están marcadas por la interpretación, entonces para tener éxito las humanidades digitales han de adoptar estos principios y añadir un tercero: la combinación de fuentes de información para aprovechar los sistemas de bases de datos que el humanista necesita para contestar a las preguntas que le interesan en función de un ámbito más o menos grande de la experiencia humana. Es decir, las humanidades no serán sólo ni principalmente disciplinas basadas en el estudio de la textualidad, pero tampoco exclusivamente en el análisis de datos cuyos patrones no elige el investigador sino que emergen de los propios datasets. Por el contrario, el diseño, la catalogación, el almacenaje y la extracción de información a partir de datos digitalizados serán partes del método humanístico, dentro de un proceso marcado en todas sus fases por la interpretación. Esto no resta poder a la fuerza de esos datos para proponer patrones inadvertidos y nunca anticipados, todo lo contrario, pero permite situarlos en un contexto específico en el que el ser humano puede hacer uso de ellos según lo que quiere investigar de la experiencia humana, según un contexto cultural, un área de cultura o una comunidad cultural. Es decir, estos patrones que emergen de los datos lo hacen en un contexto manejable para un humanista que seguiría siendo el intérprete y comunicador de esa experiencia humana a partir de una continuidad con una tradición de scholarship y transmisión de la cultura.
La cuestión es, entonces, crear las bases de datos que el proyecto humanístico estima necesarias para resolver los problemas propuestos y hacerlo con la calidad técnica y la consciencia hermenéutica necesarias para poder luego contextualizar el alcance de los patrones descubiertos y de las respuestas propuestas. Aunque el método de descubrimiento que propone el paradigma de la data revolution parece atractivo por sus conexiones con la intuición y la exploración que también son parte del proyecto humanístico, sólo aquellos con la destreza técnica suficiente —con un grado de alfabetización digital completa— para sumergirse en una maraña de datos y reconstruir las historias bibliográficas y los marcos teóricos en que estos datos tienen sentido —los contextos culturales— podrán sacar partido a tal método. Antes de que la alfabetización digital sea un hecho (y tardarán años hasta que las facultades de humanidades implanten currícula impartidos a partir de lo digital) es preciso promover la mayoría de edad digital de una generación intermedia que necesita partir de sus contextos y métodos de investigación pero que podrían convertirse en humanistas digitales mediante el uso de datos cercanos a esos ámbitos originales. Se trataría de humanistas digitales que aprendan a diseñar y construir sus propias bases de datos y se encuentren y entiendan qué es una tabla y una relación, que es un eschema, qué es una query y cómo se hace, qué datos se necesitan para resolver una determinada pregunta y cómo hay que almacenarlos.
Lo que se impone en este sentido es una naturalización tecnológica —going native with technology and digitation— mediante la creación de proyectos de humanidades digitales en investigación y enseñanza que partan de estos ámbitos locales y vayan propagando el paradigma a la vez que se produce la simultánea alfabetización de los grupos y generaciones relacionadas con estos proyectos. Estos proyectos —que han de tener como objetivo la creación de conocimiento nuevo y han de dirigirse a una audiencia organizada por medio de redes sociales y nuevos aparatos— sacarán lo máximo de la data revolution pero lo harán en un contexto humanísitico que reducirá las fricciones que impiden dar el paso hacia lo digital.
¿Cómo será el humanista digital de esta primera generación? Este humanista digital seguiría siendo a very cultivated intellectual with an excellent knowledge of her own tradition; she would be technologically autonomous; she would lead the latest process of what have always been the chaning humanities; and she would enhance our knowledge of the human experience across time and space thanks to the amounts of new available data and her ability to interprte them according to certain questions.

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5.1. Humanidades digitales: algo está pasando cuando…

¿Serán las humanidades del siglo XXI eso que hacen los profesionales de la textualidad contratados en departamentos de Historia, Literatura y Filosofía de nuestras universidades? Para responder a la pregunta recurriré al modelo de investigación propuesto en el artículo “Quantitative Analysis of Culture Using Millions of Digitized Books” . Varios son los elementos destacables en torno a la publicación de este artículo. Por un lado, hay que señalar lo evidente, es decir, que el artículo se ha publicado en una revista como Science y no en, digamos, the PMLA. En segundo lugar, destaca el hecho de que a pesar de que el tema del trabajo parece cercano a las humanidades, sus autores proceden de las ciencias y el más cercano al ámbito humanístico es el lingüista Steven Pinker. En tercer lugar, es un trabajo realizado en colaboración y con un rango claramente multidisciplinar en el que a partir de una pregunta importante, es decir, grande, y que suscita interés en varias disciplinas, la aportación de todas ellas y de sus metodologías resulta fundamental para el éxito de la investigación. Por último, la realización de la pregunta y los métodos planteados han sido posibles gracias al esfuerzo de digitalización de textos realizado en los últimos años por una empresa como Google .
El trabajo se basa en la construcción de un corpus de textos digitalizados que contiene lo que se calcula sería el 4% de todos los libros impresos en la historia, lo que incluiría alrededor de 500 billones de palabras, con el objetivo investigar tendencias culturales cuantitativamente. En este caso concreto, el análisis se centra en campos tradicionalmente parte del repertorio humanista como la lexicografía, la evolución de la gramática, la memoria colectiva o la adopción de innovaciones tecnológicas, entre otros.
Además de los resultados provisionales del análisis realizados en estos ámbitos, lo que proponen los autores de este trabajo es un nuevo campo de investigación al que bautizan con el nombre de “culturnomics” y que describen como “the application of high-throughput data collection and analysis to the study of human culture. Books are a beginning, but we must also incorporate newspapers, manuscripts, maps, artwork, and a myriad of other human creations. Of course, many voices —already lost in time— lie forever beyond our reach. Culturnomics results are a new type of evidence in the humanities. As with fossils of ancient creatures, the challenge of culturnomics lies in the interpretation of evidence.” La pregunta que sigue es: ¿cómo interpela este tipo de investigación a los humanistas y a las humanidades? ¿Podrían las humanidades que describe Fish realizar este tipo de investigación?
Otro artículo reciente, en este caso publicado en el NYT, aporta una posible respuesta a los dilemas de las humanidades. Esta respuesta apostaría el futuro de las humanidades a su capacidad para adaptar sus métodos a procesos de digitalización que permiten aprovechar el poder computacional de las nuevas máquinas y exprimir el caudal de datos que la digitalización está poniendo a nuestro alcance. Empezamos, pues, la navegación de ese territorio en el que “the liberal arts meet the data revolution.” (NYT) El artículo “Digital Keys for Unlocking the Humanities’ Riches” hace un recorrido por varios proyectos e iniciativas europeos y americanos relativos a la extracción de datos y visualizaciones en ámbitos humanísticos a partir de bancos de datos ya existentes. El punto de vista de este artículo establece que el desarrollo de las humanidades digitales se producirá una vez que se extiendan los métodos y herramientas para analizar la inmensidad de datos ya existentes, que algunos grupos de humanistas están empezando a aprender a leer. La cuestión sería, entonces, después de una primera fase de digitalización masiva de colecciones de todo tipo en instituciones como museos y bibliotecas de gran parte del mundo , aprender a descifrar los patrones que emergen de los datos ya que de ahí es de donde saldrán las preguntas de investigación que formarán las nuevas humanidades.
El discurso sobre la data revolution lo abrió a un ámbito público el artículo titulado “The End of Theory.” que Chris Anderson escribió para Wired en 2008 . En este artículo se hace una breve historia de las revoluciones científicas cuya última fase sería precisamente la revolución de los datos en las que la minería, la visualización y el análisis marcarían no las respuestas, sino las preguntas —lo más importante de la labor científica— de la agenda de investigación a comienzos del siglo 21. Para Anderson, el método científico tradicional basado en la experimentación cambiaría de forma radical en esta era de los datos: “This is a world where massive amounts of data and applied mathematics replace every other tool that might be brought to bear. Out with every theory of human behavior, from linguistics to sociology. Forget taxonomy, ontology, and psychology. Who knows why people do what they do? The point is they do it, and we can track and measure it with unprecedented fidelity. With enough data, the numbers speak for themselves.”

Algo parecido ocurriría con las humanidades digitales.

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4. Crear conocimiento…sobre la cultura

A principios del año 2000, después de varios meses dedicado casi exclusivamente a leer artículos y libros dedicados a mi ámbito de investigación entonces —la historia literaria del teatro español del Siglo de Oro—, pude volver a una actividad que siempre había considerado parte de mis responsabilidades y placeres como humanista, la de leer todos los días al menos dos periódicos y emplear los fines de semana en leer lo que llamaba “otras cosas”. Por supuesto nada que tuviera que ver con las metáforas en el conceptismo de Góngora ni con el lugar de nacimiento del héroe de Cervantes. Tampoco era una cuestión de leer sólo novelas de detectives sino de sumergirme en ensayos sobre la actualidad que me ayudaran a reencontrar las relaciones entre aquello a lo que le había dedicado casi todo mi tiempo en los anteriores 12 años y lo que estaba ocurriendo en el mundo.
Uno de los textos que cayó en mis manos en aquella época fue la trilogía de Manuel Castells sobre la sociedad de la información y los cambios tecnológicos que se estaban produciendo a raíz de la globalización. La principal consecuencia que saqué de aquella lectura es que los procesos descritos por Castells me afectaban —de hecho, ya me estaban afectando aunque no me había dado cuenta— no sólo como ciudadano interesado en la política global y en las formas de vivir de otros seres humanos, sino que iban a cambiar mi profesión cuando apenas había comenzado mi carrera académica en una universidad canadiense. La relación entre el trabajo humanístico basado en el análisis de textos y la sociedad de la información parecía clara.
Por un lado, sentía la conmoción de intuir que de alguna manera aquello a lo que había dedicado años de estudio y trabajo —los clásicos, la filosofía, la historia de la literatura, la capacidad de escribir bien un texto, enseñar las virtudes de la ironía cervantina, etc.— no es que fuera inútil (esa nunca fue la cuestión), peor aún, era irrelevante. Irrelevante no sólo para participar en el diseño de los cambios que estaba experimentando el mundo, sino para decidir su propio futuro en cuanto campo del saber institucionalizado en el corazón de las universidades. Lo que durante cinco siglos había sido uno de los ideales en el mundo occidental, el acceso a la sabiduría por medio de un proceso que comenzaba en la alfabetización y acababa permitiendo la entrada en las raíces de la propia cultura —los clásicos griegos y latinos— para así llevar una vida mejor, no valía ya. En los nuevos tiempos, el trayecto desde la cultura hasta la vida mejor no lo conducían los humanistas y, además, parecía no detenerse en las estaciones del humanismo. Al menos, este era el caso para una gran parte del mundo.
Pero, ¿valían entonces para algo las humanidades? ¿Qué era diferente en el panorama que describía Castells respecto a otros cambios históricos? ¿Por qué las humanidades no salían en la foto de la sociedad de la información?
La primera línea de respuesta a estas preguntas tiene que ver con las relaciones entre el método y el contenido: ¿podría un humanista del siglo XXI escribir una obra de este calibre? ¿Otorgan las humanidades la capacidad descriptiva, analítica y explicativa para contar lo que le está pasando al ser humano de nuestra época? No es que un humanista tenga que escribir un libro de sociología de la globalización y del cambio tecnológico, pero ¿podría un humanista —y fíjense que no digo un filólogo, un historiador, un filósofo, un crítico literario, una experta en feminismo— relacionar la condición humana, el cambio tecnológico y la globalización económica, con los valores de las culturas clásicas? Y si no es así, ¿cuál es la relevancia de las humanidades en nuestro tiempo? Es decir, ¿puede el humanista del siglo XXI explicar la condición humana en todas las dimensiones y relaciones que ha puesto de manifiesto la globalización y, después, proponer formas de mejorarla? Voy a llamar a este problema el problema de la complejidad cultural.
El problema del ámbito académico de las humanidades es también el problema de la creación de conocimiento, de la capacidad de hacer investigación relevante para la propia disciplina, sí, pero, por encima de todo, relevante para la sociedad de la que los humanistas forman parte. ¿Pueden unas humanidades basadas en el análisis y comentario de textos crear el conocimiento sobre la cultura que la sociedad necesita para orientarse en un mundo cada vez más complejo? De la respuesta a esta pregunta depende la dirección de las humanidades en el siglo XXI y la naturaleza de su relación con los proyectos de humanidades digitales que hay en marcha.
No es que reproducir el conocimiento colectivo sea inútil, es muy necesario. Pero hoy es claramente insuficiente. Y lo es todavía más cuando el entorno social y tecnológico incentivan los circuitos alternativos de información (puenteando la imitación de los modelos contenidos en ese catálogo de conocimiento que los humanistas custodian y transmiten) y rompen las jerarquías en las que se basa toda escolástica. Estos días la información va más rápido que la imitación, lo que hace imposible la adquisición de cánones de conocimiento a menos que los estudiantes se recluyan y aislen de lo que está pasando a su alrededor. Algo no muy probable. Pero disponer de un repositorio de conocimiento es necesario, fomenta la creación de la memoria comunitaria y proporciona puntos de referencia, sí, ejemplos, casos y modelos a los que recurrir “inductivamente”, es decir, según el método humanístico original (no el de los escolásticos de nuestra academia), cuando sea necesario.
Todos los elementos que apuntan a la necesidad de una cultura común lo hacen en virtud de la existencia de una comunidad. Si “todo” lo que hay es un grupo de trabajadores de las humanidades que dan clases a grupos cada vez más reducidos de estudiantes, entonces Fish tiene razón.
Las humanidades del siglo XXI tienes, pues, dos espacios de desarrollo que las alejan de las prácticas habituales de crítica textual que han venido dominando el discurso humanístico académico en la segunda mitad del siglo XX. La ocupación del primer espacio supone la adopción de una metodología orientada a la creación de conocimiento acerca de problemas culturales complejos que afectan o pueden relacionarse con la experiencia humana a nivel global. Para mantener un hilo conductor entre la historia reciente de las humanidades el camino hacia ese espacio en el que las humanidades crean conocimiento útil para la sociedad del siglo XXI está marcado por el desarrollo de unas humanidades digitales que contengan un alto componente interpretativo en el diseño de métodos, técnicas y análisis de bancos de datos. De la inclinación textual de las humanidades tradicionales quedaría la interpretación, pero las nuevas humanidades trabajarían además con datos.

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Un inciso: el nuevo humanista

Después de las discusiones en la clase de ayer, propongo que en una definición provisional del nuevo humanista una de sus características sería la de experto y curador en la gestión tecnológica de enlaces semánticos para organizar el conocimiento cultural.

Una de las cosas que hay que hacer ya es separar estas nuevas funciones de las de coleccionista de cosas culturales en que se habían convertido los humanistas durante el siglo XX.

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