12. Los nuevos mandarines

Si usted es capaz de leer este texto, tiene una cuenta de correo electrónico con GMail o Yahoo, utiliza los servicios de Microsoft (el navegador Internet Explorer, el procesador de textos Word, o la hoja de cálculo Excel), ha empezado a jugar con Facebook o escucha música en un iPod de Apple, y además se considera una persona culta, recibió una formación basada en las humanidades o es profesor de educación básica, secundaria o de Letras en una universidad, entonces este mensaje va dirigido a usted: está usted siendo causa y testigo de la extinción de lo que usted siempre ha llamado “cultura”.

A lo que estamos asistiendo es a una crisis social y cultural de mayúsculas proporciones que ha sido provocada por los cambios tecnológicos derivados de la expansión de Internet. Al contrario de lo que piensan algunos, este cambio no sólo no se va a detener, sino que se está acelerando a un ritmo tal que es casi imposible seguir las innovaciones tecnológicas y las alteraciones sociales que se producen cada día en lmuchas partes del mundo. Sólo una catástrofe casi definitiva detendría este proceso. De manera que, si piensa que se trata de una fase transitoria que pronto amainará, o si cree que colocándose a resguardo hasta que escampe evitará mojarse, olvídelo. El cambio es permanente y rápido y aun en el supuesto de que todo se detuviera, la posición de salida de esta fase será tan lejana de la de entrada que será imposible devolver a la cultura a sus contenidos y procesos originales. No sólo está cambiando el contenido de la cultura, sino que constantes como su función reproductora están siendo desplazadas por la función innovadora: la hiperconexión informativa en que viven las gentes de este planeta fomenta estas sustituciones que afectan a la raíz misma de lo que en el mundo occicental hemos conocido como cultura desde el Renacimiento. Pero el contenido y las funciones básicas de la cultura no son lo único que cambia. El tercer elemento es, si cabe, más importante: las prácticas tecnológicas que hacen posible la cultura (hasta ahora, sobre todo, leer y escribir) están siendo sustituidas paulatinamente. Si bien es cierto que, para una gran parte de la población alfabetizada, leer y escribir siguen siendo fundamentales para crear sentido en la experiencia humana, esto no tiene por qué ser así. La mayoría de la juventud crea sentido mediante la música, la interacción en redes de juegos y sociales y las conexiones mediante teléfonos celulares. Si es profesor y se ha quejado amargamente de la ignorancia de sus estudiantes, de su (cuasi) analfabetismo funcional o de su adicción por las maquinitas, es que ya ha sido testigo de este cambio.

El humanista negligente

Pues bien, usted es testigo de este cambio y es una persona bien educada que cree en una forma de civilización y sociabilidad basada, de una forma u otra, en el modelo de autonomía, liberación y realización crítica que ofrecían las humanidades tradicionales, ¿por qué no hace nada? La mayoría de los profesores universitarios del mundo (hablo de mi experiencia más cercana) reúnen todas estas características y, a la vez, se muestran absolutamente contrarios a ningún cambio en el currículum que implique presencia de las nuevas tecnologías. Pero no sólo eso. Si su papel como consumidores de las grandes “marcas” del mundo tecnológico no parece preocuparles mucho, se resisten, sin embargo, a intentar comprender nociones como la de red semántica, “software” libre o realidad aumentada. Esas “cosas” no pertenecen a su dominio (el de la historia, el arte, los clásicos, la literatura…), que es lo que en realidad es verdadera cultura. Eso sí, tras una breve resistencia, en unos meses se verán usando de manera más o menos acrítica el siguiente producto que lance Google (en este caso, Wave) a la vez que siguen manteniendo su posición de fidelidad a la verdadera cultura.

Hay que preguntarse si esta resistencia a entender las dimensiones y consecuencias del cambio tecnológico, a introducir las nuevas herramientas en las rutinas de trabajo, a desarrollar productos que afronten los problemas de la cultura tradicional desde una perspectiva humanística no atenta contra el principio fundamental sobre el que se asienta la legitimidad de las humanidades: la autonomía personal. Las defensas humanistas del carácter único de la educación que proporcionábamos se basan en tres ideas: las humanidades proporcionan una capacidad crítica única (cosa que ya han impugnado los científicos), dotan al estudiante de un fondo ético especial resultado del conocimiento de modelos de humanidad ya experimentados (sin comentarios), o proporcionan una flexibilidad mental que ninguna otra disciplina universitaria puede otorgar (sin embargo, yo, que soy profesor de humanidades en la universidad, confieso divertido mi incapacidad para aprender ningún lenguaje de programación). Ninguna de estas ideas es exclusiva de las humanidades ni se puede enseñar a las nuevas generaciones usando los métodos tradicionales. Simplemente, el panorama social, cultural y el ecosistema tecnológico no lo permiten. ¿O es que usted encontraría útil que le hubieran enseñado en el siglo XX el método de lectura en voz alta en lugar de la lectura mental que popularizó San Agustín?

La irrelevancia de las humanidades en la escala jerárquica de las disciplinas durante los últimos 50 años tiene causas diversas, pero la más importante y autodestructiva de todas ellas es la actitud defensiva en que vivimos los humanistas. Agarrarse a los contenidos y autores de hace 400 años años, pasados por las sucesivas interpretaciones “culturales” de los siglos siguientes, como única excusa para evitar el cambio no sólo es irresponsable, sino producto de una ignorancia supina acerca de las tecnologías que la cultura ideó, aprovechó y esparció a raíz de la revolución de la imprenta y de los consiguientes cambios sociales. La cultura ha sido y será en la medida que facilite la capacidad adaptativa del ser humano y le permita crear escenarios de sentido para su propia vida. Las humanidades enseñan cómo hacer eso.

Los nuevos mandarines

¿Puede usted preparar una página web, diseñar una base de datos, escribir un pequeño programa para resolver alguno de sus problemas de investigación? Si la respuesta es negativa, entonces es que, inevitablemente, se está convirtiendo en un analfabeto dentro de la nueva cultura.

Los nuevos mandarines ya están aquí. En muchos casos no tienen una formación tradicional en humanidades (en algunos sí, y entonces los productos que crean son mejores y más bonitos), pero son capaces de escribir “código”, desarrollar objetos y servicios con los que la gente se relaciona culturalmente, inventar nuevas formas de comunicación que permiten a la gente dar sentido a sus vidas y crear variantes de sociabilidad nunca experimentadas hasta ahora. Lo que ocurre es que los humanistas tradicionales no somos los mandarines de la nueva cultura. Ni siquiera nuestras opiniones son muy relevantes porque simplemente no entendemos los procesos técnicos y sociales que hacen posible la nueva cultura. Como mucho, somos consumidores ávidos de los nuevos productos. En cuanto intérpretes, aplicamos un marco de referencia que no se aplica a la nueva realidad.

Sin embargo, esto no tiene por qué ser así. De hecho, la única forma de que el contenido clásico, la lectura y la escritura formen parte del nuevo paradigma de alfabetización y puedan intervenir en la configuración de la nueva cultura consiste en la realización de un ejercicio de responsabilidad por parte de los humanistas. Un ejercicio de responsabilidad que no contradiga los principios básicos en los que se basa la cultura humanista ni renuncie a los objetivos humanizadores de la cultura.

Entender críticamente las implicaciones de la revolución digital, crear un currículum que otorgue a la gente su autonomía cultural mediante habilidades prácticas, e interactuar digitalmente con los objetos de la nueva cultura son, en mi opinión, las urgentes prioridades que han de regir la tarea de las humanidades en nuestro tiempo.

Publicado originalmente en Pages de Cvltvre.com, el 19 de octubre de 2009

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2 Responses to 12. Los nuevos mandarines

  1. El cambio siempre inquieta cuando se está en una posición cómoda, aunque esa comodidad sea un síntoma de muerte. A veces creo que no se trata solo de que lo digital demanda entenderse a partir de nuevos códigos, o sea de lenguajes paralelos al usado en la cotidianidad. Si la conclusión fuera, por ejemplo, que la subsistencia de las humanidades dependiera de que todos tuviéramos que aprender lenguaje musical tradicional, seguramente estaríamos hablando de los mismos riesgos de extinción. Si a eso le sumamos la inclusión de la comodidad que suele proporcionar la política en el ambiente académico, allí se ven aberraciones aún mayores. En Venezuela, por ejemplo, el actual presidente mantuvo por largo tiempo que el idioma inglés debía eliminarse de los programas de estudio en las universidades, por tratarse de la lengua imperialista por excelencia y además porque los nuevos “socios” de Venezuela serían China y Brasil, por lo tanto el Mandarín y el Portugués debían sustituir al inglés. Ante la fobia que muchos le tienen a aprenderlo, recibió sorprendentes aplausos de algunos profesores cuyos discursos de apoyo daban vergüenza ajena. Creo que el problema no es por lo complejo que pueda lucir lo digital, creo que se trata de simple miedo al cambio.

  2. No sé si me gusta el término mandarín, me suena algo peyorativo quizás :-)

    La tecnología es clave para el desarrollo de la humanidad desde la rueda hasta Facebook pasando por la imprenta. Si bien todos los avances no tienen el mismo impacto, negarlos desde una posición de comodidad y quitarles la importancia que realmente tienen por incapacidad para analizar los nuevos esquemas me parece, efectivamente, irresponsable.

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