4. Crear conocimiento…sobre la cultura

A principios del año 2000, después de varios meses dedicado casi exclusivamente a leer artículos y libros dedicados a mi ámbito de investigación entonces —la historia literaria del teatro español del Siglo de Oro—, pude volver a una actividad que siempre había considerado parte de mis responsabilidades y placeres como humanista, la de leer todos los días al menos dos periódicos y emplear los fines de semana en leer lo que llamaba “otras cosas”. Por supuesto nada que tuviera que ver con las metáforas en el conceptismo de Góngora ni con el lugar de nacimiento del héroe de Cervantes. Tampoco era una cuestión de leer sólo novelas de detectives sino de sumergirme en ensayos sobre la actualidad que me ayudaran a reencontrar las relaciones entre aquello a lo que le había dedicado casi todo mi tiempo en los anteriores 12 años y lo que estaba ocurriendo en el mundo.
Uno de los textos que cayó en mis manos en aquella época fue la trilogía de Manuel Castells sobre la sociedad de la información y los cambios tecnológicos que se estaban produciendo a raíz de la globalización. La principal consecuencia que saqué de aquella lectura es que los procesos descritos por Castells me afectaban —de hecho, ya me estaban afectando aunque no me había dado cuenta— no sólo como ciudadano interesado en la política global y en las formas de vivir de otros seres humanos, sino que iban a cambiar mi profesión cuando apenas había comenzado mi carrera académica en una universidad canadiense. La relación entre el trabajo humanístico basado en el análisis de textos y la sociedad de la información parecía clara.
Por un lado, sentía la conmoción de intuir que de alguna manera aquello a lo que había dedicado años de estudio y trabajo —los clásicos, la filosofía, la historia de la literatura, la capacidad de escribir bien un texto, enseñar las virtudes de la ironía cervantina, etc.— no es que fuera inútil (esa nunca fue la cuestión), peor aún, era irrelevante. Irrelevante no sólo para participar en el diseño de los cambios que estaba experimentando el mundo, sino para decidir su propio futuro en cuanto campo del saber institucionalizado en el corazón de las universidades. Lo que durante cinco siglos había sido uno de los ideales en el mundo occidental, el acceso a la sabiduría por medio de un proceso que comenzaba en la alfabetización y acababa permitiendo la entrada en las raíces de la propia cultura —los clásicos griegos y latinos— para así llevar una vida mejor, no valía ya. En los nuevos tiempos, el trayecto desde la cultura hasta la vida mejor no lo conducían los humanistas y, además, parecía no detenerse en las estaciones del humanismo. Al menos, este era el caso para una gran parte del mundo.
Pero, ¿valían entonces para algo las humanidades? ¿Qué era diferente en el panorama que describía Castells respecto a otros cambios históricos? ¿Por qué las humanidades no salían en la foto de la sociedad de la información?
La primera línea de respuesta a estas preguntas tiene que ver con las relaciones entre el método y el contenido: ¿podría un humanista del siglo XXI escribir una obra de este calibre? ¿Otorgan las humanidades la capacidad descriptiva, analítica y explicativa para contar lo que le está pasando al ser humano de nuestra época? No es que un humanista tenga que escribir un libro de sociología de la globalización y del cambio tecnológico, pero ¿podría un humanista —y fíjense que no digo un filólogo, un historiador, un filósofo, un crítico literario, una experta en feminismo— relacionar la condición humana, el cambio tecnológico y la globalización económica, con los valores de las culturas clásicas? Y si no es así, ¿cuál es la relevancia de las humanidades en nuestro tiempo? Es decir, ¿puede el humanista del siglo XXI explicar la condición humana en todas las dimensiones y relaciones que ha puesto de manifiesto la globalización y, después, proponer formas de mejorarla? Voy a llamar a este problema el problema de la complejidad cultural.
El problema del ámbito académico de las humanidades es también el problema de la creación de conocimiento, de la capacidad de hacer investigación relevante para la propia disciplina, sí, pero, por encima de todo, relevante para la sociedad de la que los humanistas forman parte. ¿Pueden unas humanidades basadas en el análisis y comentario de textos crear el conocimiento sobre la cultura que la sociedad necesita para orientarse en un mundo cada vez más complejo? De la respuesta a esta pregunta depende la dirección de las humanidades en el siglo XXI y la naturaleza de su relación con los proyectos de humanidades digitales que hay en marcha.
No es que reproducir el conocimiento colectivo sea inútil, es muy necesario. Pero hoy es claramente insuficiente. Y lo es todavía más cuando el entorno social y tecnológico incentivan los circuitos alternativos de información (puenteando la imitación de los modelos contenidos en ese catálogo de conocimiento que los humanistas custodian y transmiten) y rompen las jerarquías en las que se basa toda escolástica. Estos días la información va más rápido que la imitación, lo que hace imposible la adquisición de cánones de conocimiento a menos que los estudiantes se recluyan y aislen de lo que está pasando a su alrededor. Algo no muy probable. Pero disponer de un repositorio de conocimiento es necesario, fomenta la creación de la memoria comunitaria y proporciona puntos de referencia, sí, ejemplos, casos y modelos a los que recurrir “inductivamente”, es decir, según el método humanístico original (no el de los escolásticos de nuestra academia), cuando sea necesario.
Todos los elementos que apuntan a la necesidad de una cultura común lo hacen en virtud de la existencia de una comunidad. Si “todo” lo que hay es un grupo de trabajadores de las humanidades que dan clases a grupos cada vez más reducidos de estudiantes, entonces Fish tiene razón.
Las humanidades del siglo XXI tienes, pues, dos espacios de desarrollo que las alejan de las prácticas habituales de crítica textual que han venido dominando el discurso humanístico académico en la segunda mitad del siglo XX. La ocupación del primer espacio supone la adopción de una metodología orientada a la creación de conocimiento acerca de problemas culturales complejos que afectan o pueden relacionarse con la experiencia humana a nivel global. Para mantener un hilo conductor entre la historia reciente de las humanidades el camino hacia ese espacio en el que las humanidades crean conocimiento útil para la sociedad del siglo XXI está marcado por el desarrollo de unas humanidades digitales que contengan un alto componente interpretativo en el diseño de métodos, técnicas y análisis de bancos de datos. De la inclinación textual de las humanidades tradicionales quedaría la interpretación, pero las nuevas humanidades trabajarían además con datos.

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One Response to 4. Crear conocimiento…sobre la cultura

  1. Un apunte: «no es que fuera inútil (esa nunca fue la cuestión), peor aún, era irrelevante» es sublime :-)

    Aparte de eso, añadiría que no es que las nuevas humanidades vayan a trabajar con datos, sino con cantidades ingentes de ellos, con repositorios gigantescos impensables en la era pre-Internet y con la necesidad de generar nuevos métodos para hacerlo posible. Un evolución lógica en el Humanismo, a mi parecer.

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